Hola.

Esto no es literatura.
Son cosas que escribí para no olvidarme de lo que sentí.
Es memoria escrita desde la alegría.
Lo demás… quedó guardado en otro tiempo.

Lo que se queda con nosotrosNo fue una cita cualquiera.
Tampoco algo planeado con demasiada anticipación.
Solo sabíamos que queríamos vernos, perdernos un rato del mundo
y encontrarnos en lo cotidiano, como tantas veces, pero distinto.
La idea original era ir al Parque de las Esculturas.
Pero como casi siempre pasa con nosotros,
los planes cambiaron en el camino.
Terminamos en el Forestal,
ese parque que parece tener siempre un rincón nuevo,
aunque lo hayamos recorrido mil veces.
Nos sentamos sin prisa,
compartimos un kuchen, unas galletas,
y ese café que era mío, pero que terminamos compartiendo
como todo lo bueno.
Hablábamos de todo y de nada,
con el murmullo de la ciudad como telón de fondo.
Y en algún momento, comenzamos con las preguntas.
De esas que suenan a juego,
pero que, si uno se detiene a escuchar bien,
revelan más de lo que espera.
Preguntas simples, sinceras, profundas, chistosas
y alguna que otra que deja que desear.
De lo que temíamos,
de lo que nos hacía reír,
de lo que soñábamos para un “algún día”.
Cada respuesta era como una pieza más
de un mapa que no sabíamos que estábamos trazando.
Nos descubrimos en los detalles,
en los silencios cómodos,
en lo que no hacía falta decir.
Y lo más curioso:
muchas de esas preguntas nunca se respondieron del todo.
O se contestaron con una mirada,
con una pausa,
con ese gesto que ya empezamos a entender sin necesidad de palabras.
Porque a veces no se trata de tener la respuesta correcta,
sino de compartir la pregunta con la persona indicada.
Más tarde fuimos al Diablito.
Pedimos papas al diablito con champiñones.
Yo pedí un mojito.
Tú, ese aperol… o ramazzotti (que siempre confundo).
Te reíste, otra vez.
Y yo me reí contigo,
como si tu risa me devolviera algo que ni siquiera sabía que había perdido.
Después caminamos hacia el metro.
Te dejé ahí, como si fuera algo normal,
aunque no quería que te fueras…
te quería un minuto más conmigo.
Pero cuando diste la vuelta y desapareciste entre la gente,
me quedé con esa nostalgia sutil
que aparece cuando uno no quiere que algo se acabe.
Volví caminando a casa, como suelo hacer.
Pero esta vez fue distinto.
Esta vez me faltabas tú.
La verdad es que lo más importante de ese día
no fue lo que hicimos,
sino cómo se sintió.
Fue una de esas tardes que no necesitan grandes gestos
para saber que estás en el lugar correcto.
Y aunque podría contarte cada palabra, cada risa, cada silencio…
no hace falta.
Hay cosas que se viven una sola vez,
y que no se cuentan —no por ocultarlas—,
sino porque son nuestras.
Y eso es lo más bonito de todo:
que esa noche, como tantas otras contigo,
queda donde tiene que quedar.
Entre nosotros.

Lo que se queda con nosotrosNo fue una cita cualquiera.
Tampoco algo planeado con demasiada anticipación.
Solo sabíamos que queríamos vernos, perdernos un rato del mundo
y encontrarnos en lo cotidiano, como tantas veces, pero distinto.
La idea original era ir al Parque de las Esculturas.
Pero como casi siempre pasa con nosotros,
los planes cambiaron en el camino.
Terminamos en el Forestal,
ese parque que parece tener siempre un rincón nuevo,
aunque lo hayamos recorrido mil veces.
Nos sentamos sin prisa,
compartimos un kuchen, unas galletas,
y ese café que era mío, pero que terminamos compartiendo
como todo lo bueno.
Hablábamos de todo y de nada,
con el murmullo de la ciudad como telón de fondo.
Y en algún momento, comenzamos con las preguntas.
De esas que suenan a juego,
pero que, si uno se detiene a escuchar bien,
revelan más de lo que espera.
Preguntas simples, sinceras, profundas, chistosas
y alguna que otra que deja que desear.
De lo que temíamos,
de lo que nos hacía reír,
de lo que soñábamos para un “algún día”.
Cada respuesta era como una pieza más
de un mapa que no sabíamos que estábamos trazando.
Nos descubrimos en los detalles,
en los silencios cómodos,
en lo que no hacía falta decir.
Y lo más curioso:
muchas de esas preguntas nunca se respondieron del todo.
O se contestaron con una mirada,
con una pausa,
con ese gesto que ya empezamos a entender sin necesidad de palabras.
Porque a veces no se trata de tener la respuesta correcta,
sino de compartir la pregunta con la persona indicada.
Más tarde fuimos al Diablito.
Pedimos papas al diablito con champiñones.
Yo pedí un mojito.
Tú, ese aperol… o ramazzotti (que siempre confundo).
Te reíste, otra vez.
Y yo me reí contigo,
como si tu risa me devolviera algo que ni siquiera sabía que había perdido.
Después caminamos hacia el metro.
Te dejé ahí, como si fuera algo normal,
aunque no quería que te fueras…
te quería un minuto más conmigo.
Pero cuando diste la vuelta y desapareciste entre la gente,
me quedé con esa nostalgia sutil
que aparece cuando uno no quiere que algo se acabe.
Volví caminando a casa, como suelo hacer.
Pero esta vez fue distinto.
Esta vez me faltabas tú.
La verdad es que lo más importante de ese día
no fue lo que hicimos,
sino cómo se sintió.
Fue una de esas tardes que no necesitan grandes gestos
para saber que estás en el lugar correcto.
Y aunque podría contarte cada palabra, cada risa, cada silencio…
no hace falta.
Hay cosas que se viven una sola vez,
y que no se cuentan —no por ocultarlas—,
sino porque son nuestras.
Y eso es lo más bonito de todo:
que esa noche, como tantas otras contigo,
queda donde tiene que quedar.
Entre nosotros.

No fue de un día para otroFuiste entrando de a poco,
como cuando uno se acomoda en casa ajena
y de repente se da cuenta que ya no quiere irse.
No hiciste nada grandioso.
Y aún así,
todo cambió.
Me di cuenta cuando te vi dormida,
cuando caminamos sin destino,
cuando dijiste algo sin importancia
y yo igual me lo guardé.
Hay algo en ti que hace que lo simple
valga más.
Como si el mundo supiera
que ahora sí
estoy donde tenía que estar.
Y no sé lo que venga,
pero si me preguntas con quién quiero vivirlo,
la respuesta siempre eres tú.
Por eso,
si alguna vez te lo preguntas,
si alguna vez la duda se te cruza,
acordate de esto:
me quedo.
Porque encontrarte
fue como llegar.

Hay días en que me quedo mirándote
Como quien ve algo
que no quiere que se acabe.
No dices nada,
pero igual todo se acomoda.
Como si el mundo supiera
que estás.
Me pasa que te imagino en cada plan.
Aunque no lo diga.
Aunque solo esté pensando en voz baja
que todo sería mejor contigo ahí.
A veces no entiendo
cómo llegamos hasta aquí,
pero sí sé que no quiero volver atrás.
No sin ti.
No después de esto.
No necesito certezas,
ni promesas con fecha.
Solo esto:
seguir eligiéndonos,
incluso en los días más fomes,
incluso cuando no sea fácil.
Y si la vida pregunta,
que lo sepa:
tengo claro a quién quiero a mi lado
cuando pasen los años,
y se nos enfríen los huesos
pero no las ganas.

No fue de golpe
No hubo fuegos artificiales,
ni una canción sonando de fondo.
Solo fuiste tú.
Con tus mensajes simples,
tus formas raras de decir las cosas,
tu manera de estar
sin apurar nada
pero sin irte nunca.
Al principio pensé que era como antes,
que iba a durar lo que duran las ganas,
que en cualquier momento se iba a diluir.
Pero no.Contigo se fue quedando todo:
la atención, las risas,
las ganas de contarte hasta lo más tonto.
Y con eso, me fui quedando yo también.
No sé si esto tiene una fórmula,
pero se siente bien.
Se siente distinto.
Me pasa que te miro
y me convenzo, sin duda,
de que estaba esperando este tipo de calma.
La que llega cuando uno, por fin,
encuentra el lugar donde quedarse.

Se siente bienDesde que estás,
es como si el sol viviera adentro.
No de esos que queman,
sino de los que abrigan.
De los que entran por la ventana en invierno
y te hacen cerrar los ojos solo para sentir.
Hay algo en tu forma de llegar
que se parece al mar en calma:
me llena sin apurarme,
me mueve sin sacudirme.
Desde que estás,
las cosas simples tienen otra textura.
El café sabe distinto,
las calles suenan más suaves,
y hasta el silencio se volvió
un lugar al que quiero volver.
No sé qué hiciste,
pero desde entonces
todo se acomoda cuando estás cerca.
Como si el mundo, por fin,
hubiera encontrado el volumen correcto.
Y yo,
que antes iba a mil sin destino,
ahora me detengo.
Me detengo,
te miro,
y pienso:
así es como se siente estar bien.

No sabía que se podía sentir así
Con esta mezcla de calma y vértigo,
como estar cayendo
pero en el mejor lugar posible.
No sabía que alguien podía habitarme así,
sin hacer ruido,
sin invadir,
como si siempre hubiera tenido
espacio reservado para ti.
Me pasa que te pienso cuando no estás,
y también cuando estás,
porque incluso ahí,
sigo queriendo encontrarte en todo.
Me pasa que me dan ganas de contártelo todo,
hasta lo que no tiene importancia.
Y que me importan cosas que antes no miraba,
solo porque ahora las miras tú.
No sabía que se podía
mirar a alguien
y sentir que se te ordena la vida.
Pero me está pasando.Y me gusta.
Mucho más
de lo que me atrevo a decirte.

Lo que me pasa contigoMe pasa algo contigo
que no me pasa con nadie más.
No es solo que me gustas,
es que cuando estás,
mi día tiene otro ritmo.
Todo se acomoda,
aunque afuera esté todo al revés.
No necesito hablar tanto
para que sepas lo que siento.
A veces me basta con mirarte un rato
y entender que estoy
justo donde quiero estar.
No sé si tú lo notas,
pero cuando te vas,
me quedo un poco distinto.
Como si dejara de sonar la música.
Como si todo se pusiera en pausa
hasta que vuelvas.
Y no,
no es obsesión.
Ni exagero.
Solo me pasa que
desde que estás,
no quiero volver
a los días donde
no estabas tú.

No sé en qué momentoNo sé en qué momento pasé
de escribir para vaciarme
a escribirte a ti.
Tampoco cuándo dejé de buscar señales
y empecé a entender
que las cosas importantes
no hacen ruido.
Nunca planeé enamorarme así,
con la torpeza de quien intenta decir todo
y termina repitiendo lo mismo:
que me gustas,
que me haces bien,
que ojalá te quedes.
Contigo es fácil ser yo,
sin adornos, sin vueltas.
Solo compartir lo simple:
un mensaje de buenos días,
una comida rica, compartida,
caminar sin rumbo,
y hablar de todo
como si el tiempo no corriera.
La vida, a veces,
parece una broma mal contada.
Pero tú llegaste
con tu forma de mirarme
como si entendieras,
como si ya supieras
todo lo que intento decir sin palabras.
Y aun así,
te quedas.
Y eso... —eso
vale más que cualquier verso.

Nunca planeé sentir estoNunca planeé sentir esto.
No lo busqué,
ni lo imaginé así.
Pero me pasa.
Me pasa que te pienso sin querer,
que sonrío cuando te veo escribir,
que me gusta escucharte hablar
aunque ya sepa lo que vas a decir.
Me pasa que tus gestos se me quedan,
que tus palabras me dan vuelta en la cabeza,
y que a veces
me dan ganas de frenar el día
solo para tenerte un rato más cerca.
No tengo una explicación,
ni una razón brillante.
Solo sé que
desde que estás,
hay algo en mí
que cambió de lugar,
como si por fin
todo hiciera sentido
sin que tuviera que entenderlo.

Todo el mundo debería tener una Kari en su vidaLa vida funciona de maneras extrañas.
Hay momentos en que todo parece sonreírte…
Y de la nada, sin avisar,
las nubes grises se apoderan de tu andar.
Parece que a la vida le gusta jugar a los dados,
poniéndonos a prueba,
haciéndonos dudar de lo que somos,
lo que creemos,
lo que soñamos.
Pero no hay mal que dure cien años,
o al menos eso dice el dicho.
Y me pasó a mí.
"La vida no te da lo que quieres,
sino lo que necesitas", dice mi madre.
Irónico cómo esa frase —que tanto odié—
terminó siendo lo mejor que me ha pasado.
Apareciste sin buscarte,
como una coincidencia de película.
Deslizamos a la derecha,
respondiste mi mensaje…
y así comenzó todo.
Como esas historias que suenan demasiado lindas para ser verdad,
hablamos de todo y de nada.
Nos conocimos.
Tropezamos.
Pensamos que quizá todo acabaría en el siguiente mensaje.
Pero la atención se mantuvo.
Nos vimos.
Y aunque al principio pensé que no funcionaría,
que tenías el corazón blindado,
seguimos hablando…
Y ese día
se convirtió en uno de los más felices de mi vida.
Una ensalada compartida,
guacamole y nachos deliciosos.
Un recorrido buscando lápices.
Ver el cerro desde el teleférico,
bajarlo en funicular…
Un día casi perfecto.El destino —o la vida—
puso a Kari en mi camino.
Y creo que todo el mundo
debería tener una.
Su sonrisa ilumina hasta el día más gris.
Su voz… se apodera de mi alma y le da calma,
como nunca lo había sentido.
Sus ojos te atrapan y no te sueltan.
Su mano te entrega seguridad.
Sus besos te llevan a otro mundo.
Sí.
Todo el mundo debería tener una Kari en su vida,
para entender que, con la persona correcta,
ni el peor día duele tanto.
Cada día me la paso escribiendo,
inspirado por tu forma de ser,
por tu belleza,
por tu andar,
por tu caminar.
Me dices que estoy loco
cada vez que te canto
que “te sigo a todas partes”
y que “cada día te quiero más”.
No puedo parar de escribir(te),
y tampoco quiero dejar de hacerlo.
Estos versos son tuyos.
Y cada uno de los que venga también…
Porque estoy
enamorado de ti.

ContigoContigo,
los días dejaron de medirse en horas
y empezaron a contarse en miradas,
en risas compartidas,
en silencios cómodos que dicen más que las palabras.
No necesito grandes gestos
cuando tu abrazo
es el lugar al que siempre quiero volver.
Hay algo en ti
que calma mi ansiedad sin pedirme explicaciones,
que convierte mi caos en pausa,
y mi rutina en refugio.
A veces me descubro pensando
cómo hacía para sonreír antes de ti,
cómo lograba sentir paz
sin tu voz diciéndome que todo estará bien.
Desde que estás,
todo tiene más sentido,
hasta lo que no entiendo.
No sé si esto es amor con A mayúscula,
pero sé que si existe,
tiene tu forma,
tu olor,
tu risa,
y esa manera tuya
de habitarme sin invadir.

Lo supe en tu miradaNo fue una fecha,
ni una frase exacta,
ni un gesto grandioso.
Fue tu mirada
ese instante en que el mundo se detuvo
solo para que yo pudiera verte.
Ahí lo supe.
Que quería quedarme,
que no necesitaba entenderlo todo,
solo sentir.
Desde entonces,
cada cosa contigo tiene su propio lenguaje:
una caricia,
una risa a medias,
ese “te quiero” que se dice
incluso cuando no se pronuncia.
Tú no llegaste a completar lo que me faltaba,
sino a recordarme todo lo que ya era,
y a hacerme mejor
solo con estar cerca.
No te prometo certezas,
pero sí presencia.
No juro perfección,
pero sí verdad.
Y si me preguntas por el futuro,
te contesto con el presente:
Sigo eligiéndote,
como el primer día,
como si cada día
fuera el primero.

Este jueves sin tiHoy es jueves.
Uno de esos días que no tienen fama de nada,
que pasan entre medio del caos de la semana
como si no fueran importantes.
Pero hoy, este jueves,
te extraño como si fuera domingo por la tarde,
y me faltara tu voz para cerrar el día.
No pasó nada fuera de lo normal.
Solo desperté
y no estabas.
Tomé café
y me supo distinto.
Fui a trabajar
y en cada pausa,
algo me recordaba a ti.
Tal vez fue esa canción que sonó en el metro,
o ver a una pareja reírse en la calle,
o simplemente que hace frío,
y tu abrazo siempre ha sido
mi mejor abrigo.
No te escribí en la mañana,
para no sonar exagerado.
Pero entre líneas te busqué.
En mis pensamientos,
en las palabras que no dije,
en las que quiero decirte ahora.
Hoy es jueves.
Un jueves cualquiera.
Y aún así,
me pesa como si te echara de menos
desde hace mil días.
Te pienso.
Y aunque no estés aquí,
me acompaña la certeza
de que todo es más bonito
cuando estás tú.